Por: Raquel Cañas.

Acto Uno

Octubre no fue
un mes común de vientos
y piscuchas encumbradas por cipotes.

Octubre….
derrumbó el silencio,
me conjuró mujer,
te hizo hombre... (Silvia Elena Regalado, El Salvador)

No desciendo de la infancia sino de la guerra.
Y quizá por eso aprecio más que tú
la alegría del silencio
y cada día que vivo.

No desciendo de la infancia sino de la guerra.
Una vez, siguiendo la senda guerrillera,
comprendí para siempre que debemos
ser buenos hasta con el más tímido pasto.

No desciendo de la infancia sino de la guerra.
Puede que por eso soy insegura,
los corazones de los soldados se quemaron,
y tus manos están ásperas.

No desciendo de la infancia sino de la guerra.
Perdóname, pero no es mi culpa... (YuliaDrunina – Rusia)

Este país pequeño
al que yo tanto quiero
se ha logrado meter todo entero
en mi imaginación;
no sé cómo explicarlo,
a veces en las noches
me despierta la urgencia de pensarlo
desde sus mínimas fronteras hasta el mar,
cuando lejos he dicho
“el mide 21000 km cuadrados”.

No será tan fácil –me responden- quererlo
es tan pequeño
y yo siento quererlo más.
En él, así de mínimo yo quiero al universo,
de él hacia el mundo me proyecto,
me interesa su forma de vivir,
sus estudiantes,
su juventud obrera,
sus campesinos, sus cosechas
y hasta sus pocas diversiones populares…

…Mi pequeño país me ha preguntado
si yo quiero
ser una gota de agua fresca
sobre su sed de libertad
y yo he sentido en mis mejillas
el rubor de una novia a quien su amado
le ha pedido su entrega,
y desde entonces
mi pequeño país y yo
nos hemos comenzado a enamorar,
como un amante loco
me transmite su amor.

¿Cómo no lo he de amar?
Yo lo he tomado de la mano
Y alegres, muy alegres,
Los dos nos hemos puesto a caminar. (Lil Milagro Ramírez – El Salvador)

Acto 2

Vivo en este mundo con una bala en el corazón.
No voy a morir todavía.
La nieve cae.
No anochece.
Los niños juegan.
Uno puede llorar,
cantar canciones.

Pero no pienso ni llorar ni cantar,
vivimos en la ciudad y no en el bosque.
No olvidaré lo visto
y llevo en el corazón lo que conozco.

El invierno de Kazán, huidizo,
níveo y luminoso, pregunta:
- ¿Cómo vivirás?
- No sé.
- ¿Sobrevivirás?
No sé.
- ¿Cómo no te mató la bala?

Cerca del final pero aún viva,
quizá porque
en la lejana ciudad de Kamsky,
donde las noches son más claras por la nieve
y el frío audaz toma lo que considera suyo,
se ponen a hablar y a correr
mi felicidad y mi inmortalidad.

- ¿Cómo no te mató la bala,
cómo resististe su plomo de fuego?

Decidí seguir viviendo
cuando vi el final
acercarse a empujones calientes
y mi corazón me reveló
que algún día sabré contar
este sufrimiento en mis poemas.

- ¿Cómo no te mató la bala
o no te tumbó el golpe?

Si estoy viva
es porque cuando se agotaron mis fuerzas,
desde los paraderos lejanos
y los callejones sin salida, tapados con nieve,
detrás de las montañas, vi
a los tanques en movimiento,
y en los bosques
a las bayonetas erguidas,
advino,
empezó a brillar
el día de la victoria
rodeando la tierra con su ala.

Ese día fui abriéndome paso
a través de la desgracias
mías y ajenas. (Margarita Aliguer, Rusia, 1915 -1992)

He temblado mucho hoy
viendo los aviones hiriendo la montaña.

Allí están los que amo
y entre ellos, vos
que no necesitas llaves para entrar en mis santuarios
porque todas las llaves del mundo
reposan en tus manos
y en tus ojos
que barren mis campos de obstáculos
desactivan mis campos minados
e irrumpen en mí,
derribando puertas y ventanas
los que amo
reposan allí
en el vientre de la mole majestuosa
que los arrulla
que los cubre
que los protege enternecidamente,
a costa suya.

He lanzado mis ojos tras los aparatos en vuelo
escudriñando el humo de sus bombas
reventando madrigales, pensamientos y robles,
he pensado en todos y en ti,
y me he estremecido sintiéndote.

Yo sé que todo vil
todo muerte
todo miedo
todo soberbia cobarde
surca el aire el enemigo
protegido en el acero de sus pájaros de fuego
creyendo victorioso cada penacho de humo
sofocante y negro
que retumba en el espacio,
pero sé
que nada podrá contra la montaña
contra mi amor
que es como ella, indestructible
a pesar de las heridas
ni contra nuestra esperanza
donde todo mal ha de estrellarse
para siempre… (Virginia Peña Mendoza, El Salvador) 

Acto tres

¡No maten a las palomas!
Su plumaje es blanco como la nieve;
su suave arrullo suena
en la oscuridad del mal terrestre
donde todo es deslucido o confuso.
¡No maten a las palomas!

¡No arranquen las violetas!
No sean ávidos ni celosos;
los campos les darán semillas,
habrá lugar para los ataúdes.
No solo de pan se vive.
¡No arranquen las violetas!

¡No rechacen a la belleza!
Es inmortal y no necesita inciensos.
No necesita la gloria de los cantos,
¿de qué le sirven los himnos, las flores?
Sin ella el genio no tiene poder,
¡no rechacen a la belleza! (Mirra Lojvítskaia, 1941)

Hay mujeres
nacidas en abril
rebautizadas en octubre
a quienes ni el agua bendita
o la puesta en la cuna
de los enseres propios de mujer
nos ataron a la cama o a la casa
de ellos tomamos las agujas
para hacer y rehacer el tejido social
Mujeres dotadas de una magia diferente
ante nuestro propio asombro y el de otros.
Mujeres como guacamayas rojas
guerrilleras
en el corazón de la montaña.
Panteras de obsidiana.
Roblar y ceiba sagradas
a quienes no abate ni desgaja el huracán más fiero.
ni las fulmina el rayo.
Mujeres en la guerra.
Mujeres de la tierra.
Mujeres como madres
para las madres que lloran como niñas
por los desaparecidos, los torturados,
los amados muertos.
Mujeres consolando
desde la propia entraña
desde su propia vida
desde su propia muerte.

Mujeres combatientes.
Mujeres caminantes.
Mujeres como nubes
cargadas de agua fresca
Mujeres como viento
para evitar el fuego.
Mujeres de años sin cuenta
y años que cuentan
bien vivida vida
locas de mil edades
de mil sueños para seguir haciendo
cuerdas
de la cordura de la historia
y el pueblo (Marisol Briones, Nicaragua – El Salvador).